Delegación de Pastoral Familiar Diócesis de Málaga

Testimonios y comentarios a la Amoris Laetitia

El amor no se alegra de la injusticia

Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él (AL 109-110).

Testimonio

Somos Isabel y Francisco, de 39 y 43 años respectivamente, y tenemos 4 hijos de edades entre los 10 años y los siete meses, un varón y tres chicas. Llevamos casados quince años.

El amor no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Esto, que parece más difícil de vivir en esta sociedad que hemos construido tan extremadamente rápida y competitiva, es posible vivirlo en familia día a día en pequeños gestos. Basta con alegrarte sinceramente de cada pequeño logro que alguno de tus hijos va consiguiendo, como pintar una persona en lugar de una patata, dar los primeros pasos, abrir la boca para comer el primer alimento sólido, o recibir una pegatina por lo bien que se ha portado en el médico, o también valorando cada vez que los mayores te ayudan en casa. Sobre todo, procuramos decir a nuestros hijos cada día cuánto los queremos y lo orgullosos que estamos de ser como son, sin compararles injustamente, ni entre ellos ni con nadie más. Como pareja, basta con permanecer unidos, de tal manera que los éxitos de uno, son los del otro, y los dolores de uno, también lo son del otro.

En el mundo artístico, en el que trabajamos, y en general, en cualquier empresa de cualquier sector, parece que hay que estar machacando al otro para ascender o conseguir más, como si lo que consiguiera otro, te lo estuviera quitando a ti, y no es verdad. Simplemente la gente se cree que es verdad y sigue actuando de esa manera. Los cristianos debemos salir de ese círculo vicioso.

Vivir grandes injusticias es terrible. En algunos de esos momentos, te sientes abandonado, como el propio Jesús se sintió en la cruz. No es una experiencia agradable, y no creo que nadie quiera regodearse en el sufrimiento; pero podemos hacer uso de esas experiencias y ofrecerlas a Dios por otras personas, convirtiéndolas en pequeños (o grandes) actos de amor. Aún así, a veces, es muy difícil.

Como familia, hemos vivido injusticias desde el principio de nuestro matrimonio, algunas muy duras, pero siempre hemos conseguido perdonar con el amor. La última y más reciente ha sido el vernos despojados de nuestro trabajo de forma repentina y sin contemplaciones, como profesionales de la cultura, y sin recibir ayuda estatal, sólo de familia y amigos. Un trabajo que es nuestra vocación y que después de haberlo mimado y cultivado mucho tiempo, estaba dando muy buen fruto. Parecía como si, por el bien general del pueblo, estuviera justificado el sufrimiento de unos pocos, muy a modo de Caifás. No faltaban voces injustas tipo “te lo advertí”, o consejos no pedidos, o simplemente indiferencia.

También es injusto lo poco que se apuesta por la familia en general. En muchas ocasiones nos tratan como si fuéramos “aliens” por tener cuatro hijos, incluso dentro de ambientes religiosos. Después se nos pasa, viendo que algunas de esas personas se lanzan a continuación a la maravillosa aventura de ser padres. También aplicamos mucho la compasión, pues vemos que las personas juzgan muchas veces a causa de su propia circunstancia o de lo que le han enseñado.

Desde el primer momento en que nos conocimos, ofrecimos nuestro noviazgo a Jesús, especialmente a través de María. Intentamos, como matrimonio, y luego como familia, ser siempre dos más en casa, es decir, tener en medio de nosotros a Jesús y a María. Y digo “intentamos”, porque muchas veces el devenir de la vida, las exigencias que tenemos y las situaciones que vivimos, y también nuestros propios errores y decisiones, nos llevan sin querer a olvidarnos de Dios o a separarnos de Él. No importa: tanto Él, como nuestra Madre están siempre esperándonos con un corazón amigo y paciente y con las manos abiertas. En ellos no cabe la injusticia. Ellos sí que se alegran con la verdad. Son fuente infinita de amor.

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