Delegación de Pastoral Familiar Diócesis de Málaga

Testimonios y comentarios a la Amoris Laetitia

El amor no obra con dureza

“Amar también es volverse amable. Quiere indicar que el amor no
obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto. El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón». Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El
amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de
integración, construye una trama social firme” (AL 99-100).

Ariel y Gaby: Estaba sentado en el sofá mirando la televisión después de una jornada de trabajo, un momento de relax
merecido. Giré la cabeza y vi a mi esposa en la cocina preparando la cena.

Me sentía cómodo, no se me había reprochado nada. Pero una voz interior me susurraba algo movilizador. De joven había aprendido, de
Chiara Lubich (Sierva de Dios) en uno de los puntos fundamentales de su espiritualidad, que Jesús está en el hermano, como una forma concreta de vivir el Evangelio (Mt 25, 31-46  “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”). Entonces, también Jesús está en mi esposa. Pero, ¿Qué me preguntará el Padre al final de los tiempos respecto a ella? No tiene hambre, ni sed, ni está enferma, ni todas esas desgracias que pone el Evangelio, pero, tratándose de mi esposa, seguro algo me preguntará. ¿Qué debería hacer? Ella por naturaleza es muy amable. La imitaré.

Apagué la tele, me levanté del sofá y fui a la cocina para acompañarla, charlar, echar una mano, sin más. Experimenté una alegría interior… no hacía falta hacer una misión extraordinaria para un encuentro con Dios, también estaba en casa.

Ella que no se deja ganar en amabilidad y haciendo uso de su instinto, pilló al vuelo que algo pasaba y contraatacó sutilmente. Poco a
poco, la relación fue llenándose de detalles mutuos que la dulcificaron, como una sonrisa cada mañana, o adelantarse a pelar una
fruta para el otro en el desayuno, escucharnos, en fin, fue estableciéndose una dinámica de la amabilidad. Quizá un observador externo nos juzgue ñoños, ¡nos da igual!

El Papa Francisco dice en Amoris laetitia: “El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme”.

Ahora entiendo que aquel momento en que me levanté del sofá, movido por una voz interior (yo creo que fue el Espíritu Santo), fue como
empujar la primera pieza de un dominó que hizo caer en cascada todas las piezas, formando un mosaico de amabilidad.

Gaby: También dice el papa Francisco en Amoris laetitia: “Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una
mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca los errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos”

Cuando crees que lo tienes todo bajo control, surgen imprevistos. Mi coche empezó a andar mal, y el mecánico nos dio un mal pronóstico: el arreglo saldría muy caro y convenía comprar uno de segunda mano con menos problemas. Tengo que aclarar que no me gusta nada conducir, es más, en ocasiones tengo pánico, lo hago porque es una necesidad y un servicio.

Comenzamos a buscar, cada uno a su ritmo: mi marido veía posibilidades donde yo veía inconvenientes. Así comenzamos a tener
diferencias. Una tarde, yendo a ver un coche, comencé a exponerle una serie de errores y defectos que veía en él en esa búsqueda: que se
precipitaba, se ilusionaba con facilidad, no contemplaba lo que yo quería. De repente algo en mí dio un vuelco, me di cuenta que estaba
iniciando una discusión que en realidad era el reflejo de mis complejos, mis miedos a los cambios, a conducir otro coche que no fuera el de siempre.

Inmediatamente le pedí perdón, busqué de forma amable y sincera contarle cuáles eran mis miedos e intenté ver en sus propuestas una
solución.

 

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